Cada año a mediados de septiembre los arrozales, cementerios y bordes de los caminos en Japón se tiñen de un rojo intenso con estas flores particulares. Son las llamadas flores Higanbana (彼岸花), conocidas en español como «lirio araña rojo» (Lycoris radiata). Pocas flores en la cultura japonesa cargan con tantas capas de significado botánico, religioso, astronómico y hasta en lacultura pop como esta.

Lo primero que sorprende de esta flor es su ciclo de vida invertido: brota directamente del bulbo, sin hojas, y despliega un tallo de 30 a 50 cm coronado por una flor de pétalos finos y curvados hacia atrás, casi como fuegos artificiales. Recién cuando la flor se marchita, aparecen las hojas. Esta secuencia —nunca ver juntas la flor y la hoja— dio origen al dicho popular hamizu hanamizu (葉見ず花見ず), «no ve la hoja, no ve la flor», que refuerza su aura de misterio.
El bulbo, además, contiene alcaloides tóxicos (entre ellos la licorina). Por eso, durante siglos los agricultores la sembraron deliberadamente en los bordes de los arrozales y en los cementerios: la toxicidad ahuyentaba a ratones, topos y otras plagas que de otro modo dañarían los cultivos o perturbarían las sepulturas. Esta utilidad práctica es, en parte, la razón por la que la flor terminó asociada casi exclusivamente a los camposantos, y por la que en Japón se considera de mal gusto —incluso hoy— incluirla en un arreglo floral o llevarla a una casa.
Esta asociación con la muerte le valió con el tiempo apodos bastante sombríos: shibito-bana («flor de los muertos»), yūrei-bana («flor fantasma») o jigoku-bana («flor del infierno»). Se dice que, sumando variantes regionales, la planta acumula más de mil nombres populares en todo Japón.
El nombre «Higanbana» se compone de higan (彼岸) y hana (花, «flor»). Higan es un término budista que significa literalmente «la otra orilla»: la orilla opuesta del río del sufrimiento (samsara), es decir, el estado de iluminación o el más allá al que se llega tras dejar atrás el mundo de las pasiones (shigan, «esta orilla»). No es un concepto exclusivo de una sola escuela, pero adquiere un significado muy concreto en las corrientes del budismo de la Tierra Pura —el Jōdo-shū, fundado por Hōnen, y el Jōdo Shinshū, fundado por Shinran—, para las cuales existe una Tierra Pura occidental (Saihō Gokuraku Jōdo), el paraíso del Buda Amida, situada literalmente hacia el oeste. Otras escuelas japonesas, como el Zen o el Nichiren, entienden la iluminación de manera distinta y no colocan un paraíso geográfico en esa dirección, por lo que esta lectura «occidental» del más allá es propia, sobre todo, de la tradición de la Tierra Pura.
Aquí es donde entra el equinoccio de otoño. Durante la semana que rodea al equinoccio —tres días antes y tres después—, el día y la noche tienen prácticamente la misma duración, y el sol se pone exactamente hacia el oeste. Para la tradición de la Tierra Pura, ese alineamiento simboliza que, en esos días, el límite entre «esta orilla» y «la otra orilla» se vuelve más delgado y fácil de atravesar. Ese período se llama «Ohigan» (お彼岸), y es la ocasión en la que las familias japonesas visitan las tumbas de sus antepasados (ohakamairi), limpian las lápidas y ofrecen flores e incienso. No es casualidad que la Higanbana florezca exactamente en esos días: su floración, su color y su vínculo histórico con los cementerios convirtieron a esta flor en el emblema visual de la temporada de «Ohigan».
Curiosamente, la misma flor también tiene un nombre mucho más luminoso: manjushage (曼珠沙華), término de origen sánscrito que aparece en el Sutra del Loto, uno de los textos centrales del budismo japonés. Según el sutra, cuando Buda predicó su enseñanza, cayeron flores celestiales desde el cielo como señal auspiciosa; una de ellas era la manjushage, cuyo nombre significa algo así como «flor del cielo» o «flor roja que florece antes que la hoja». Así, una misma flor concentra dos lecturas opuestas: la funeraria y terrenal de «Higanbana», y la celestial y auspiciosa de «manjushage».
Existe también una leyenda popular que vincula la flor con el río Sanzu, que en la mitología budista japonesa separa el mundo de los vivos del de los muertos, y del cual la flor Higanbana sería una de sus flores emblemáticas, floreciendo en sus orillas como símbolo del ciclo de muerte y renacimiento.

Por su aspecto llamativo y su peso simbólico, la Higanbana se volvió un recurso visual habitual en la ficción japonesa para representar la muerte, la pérdida, el más allá o los reencuentros imposibles. Aparece en títulos conocidos como Jigoku Shoujo (Hell Girl), Inuyasha y Kimetsu no Yaiba (Demon Slayer), donde suele funcionar como símbolo de muerte y renacimiento. Es común que guionistas y dibujantes la usen para anticipar una despedida, marcar el umbral hacia un plano espiritual o señalar un recuerdo doloroso e irrecuperable, apoyándose siempre en el imaginario real que la flor tiene dentro de la cultura japonesa.
Nara, con su enorme peso histórico y su carácter rural, ofrece algunos de los escenarios más fotografiados de todo Japón para la floración de septiembre:
Asuka, a menos de una hora de la ciudad de Nara, reúne en pocos kilómetros cuadrados arrozales, kofun (túmulos funerarios antiguos) y templos, lo que la convierte en el destino más completo de la prefectura para vivir la temporada de Ohigan junto a su flor emblemática.
La Higanbana reúne en una sola planta el folclore japonés, doctrina budista y hasta astronomía!
Verla florecer en Nara durante la semana del equinoccio de otoño equivale, en cierto sentido, a presenciar en vivo una de las metáforas más antiguas del budismo japonés sobre el tránsito entre los mundos.
