En 2025, un récord de 33.838 turistas argentinos visitaron Japón. Ese número no pasa por casualidad. Es el resultado de algo mucho más profundo que una moda — una conexión entre dos culturas que lleva más de 140 años construyéndose en silencio, y que se intensifica con cada generación.
Claudio Bochatay conoce esa conexión mejor que casi nadie. Nacido en Entre Ríos, Argentina, visitó Japón ocho veces antes de dar el salto definitivo. Hoy vive y trabaja como guía de turismo en la prefectura de Nara, llevando grupos pequeños por una de las ciudades más antiguas y profundas del país. Su empresa, Tours 2 Nara, ofrece tours guiados en español e inglés para visitantes extranjeros que quieren mucho más que una excursión de día.
Conversamos con Claudio sobre por qué los argentinos sienten tanta atracción por Japón, qué los sorprende cuando llegan, y por qué Nara — no Tokio, no Kioto — es la ciudad que más los impacta.
Mucha gente piensa en Japón como una cultura lejana — geográfica, lingüística e históricamente distante de América Latina. Pero para los argentinos, nunca fue tan lejana.
El primer inmigrante japonés, Kinzo Makino, llegó a Argentina en 1886. Hoy, la comunidad nikkei es la tercera más grande de América Latina. Durante generaciones, esa comunidad tejió la cultura japonesa en la vida cotidiana argentina: gastronomía, floricultura, artes marciales, tintorerías. Y más recientemente, el anime, el manga y las clases de japonés llegaron a una generación completamente nueva de argentinos que, sin tener ascendencia japonesa, sienten una atracción genuina por esa cultura.
«Los argentinos que vienen a Japón llegan como cuando uno va por primera vez a la casa de un amigo que ya conoce de antes», dice Claudio. «Ya conocen el anime, la gastronomía, el idioma. Llegan con una conexión emocional previa. Eso no pasa con visitantes de otros países.»
Esa familiaridad cambia todo. Transforma el turismo en algo más personal. Más emotivo. Menos turismo y más reconocimiento.
Si le preguntás a Claudio de qué hablan más los argentinos cuando llegan a Japón, la respuesta es inmediata: el orden y la limpieza.
«Ya lo saben antes de venir. Lo leyeron, lo escucharon. Pero vivirlo en persona es completamente distinto.» Las calles. Las estaciones de tren. Los espacios públicos. Todo funciona con una precisión tranquila que impacta incluso cuando la estás esperando.
Los trenes, en particular, generan un silencio específico en los visitantes argentinos. Llegan a horario. Siempre. Al minuto exacto. Y la gente hace fila. Y espera. Y sube en orden. Para alguien que viene de Buenos Aires, donde la improvisación es casi un deporte nacional, esto es genuinamente desconcertante — de la mejor manera posible.
Pero Claudio se encarga de explicar por qué Japón funciona así. No es solo preferencia cultural. Es historia. «Japón fue golpeado por desastres naturales a lo largo de toda su historia: terremotos, tsunamis, tifones. La imprevisibilidad acá es peligrosa de verdad. Los sistemas de orden, precisión y reglas no son burocracia por las dudas. Son estrategias de supervivencia que se convirtieron en cultura.»
El intercambio cultural va en los dos sentidos.
Donde Japón construyó sistemas para gestionar la imprevisibilidad, Argentina construyó otra cosa: la capacidad de improvisar brillantemente en el medio del caos. «En mis trabajos anteriores vi muchas veces cómo los japoneses se sorprendían ante la habilidad de los argentinos para encontrar soluciones creativas en el momento. Es un talento reconocido.» Lo mismo que a veces hace que Argentina se sienta inestable es también lo que hace a los argentinos adaptables, inventivos y — a los ojos de muchos japoneses — fascinantemente ingeniosos.
Dos países moldeados por relaciones opuestas con la incertidumbre. Y sin embargo, como dice Claudio: «Al final de cuentas, los japoneses y los argentinos no son tan diferentes. El corazón de las personas es el mismo. Mi trabajo es mostrarles eso y acercarlos más a Japón.»
Cuando Claudio eligió dónde construir su vida en Japón, no eligió las ciudades más obvias. Eligió Nara.
«En Nara hay historias muy humanas, con las que la gente de todo el mundo se puede identificar.»
Cuenta la historia del Gran Buda del Templo Todaiji — uno de los monumentos más icónicos de Nara y una de las estatuas de bronce más grandes del mundo. Fue mandada a construir por el Emperador Shōmu en el siglo VIII, durante uno de los momentos más devastadores de la historia japonesa. Una epidemia de viruela había matado a cerca del 30 por ciento de la población. El país estaba en crisis.
La respuesta del Emperador no fue ordenar la construcción usando su poder y su dinero imperial. Hizo algo inusual: «Aunque sea con un puñado de tierra o de hierba, si alguien quiere ayudar, que ayude.» Quería que el pueblo japonés participara. Que tuvieran una meta en común. Que se unieran en medio de la devastación.
Funcionó. Los historiadores estiman que cerca de la mitad de toda la población japonesa de la época participó de alguna forma en la construcción.
«Esa historia no es solo historia. Es algo que cualquiera puede sentir — la idea de que una comunidad se une en la crisis, que cada aporte individual importa, que el acto de construir algo juntos es en sí mismo el objetivo.» Es el tipo de historia que impacta de manera diferente cuando estás parado frente a la estatua.
Y Nara está llena de historias así. Escándalos. Traiciones. Luchas de poder. Amores que cambiaron el curso de la historia japonesa. «Mientras recorremos Nara», dice Claudio con una sonrisa, «vamos chusmeando sobre todo eso.»
Hace poco, Claudio guió a una pareja de argentinos al Monte Yoshino — un lugar famoso entre los japoneses pero todavía poco descubierto por los turistas extranjeros. Yoshino tiene más de 30.000 árboles de cerezos que convierten toda la ladera de la montaña en una nube rosa cada primavera.
Durante la visita, entraron al Templo Kinpusenji — uno de los templos de montaña más importantes de Japón — en uno de los pocos días al año en que se exhiben públicamente tres estatuas secretas del dios Zao Gongen. Estas estatuas son enormes, visualmente impactantes, y normalmente están ocultas al público. Ese día, estaban ahí.
En ese mismo momento, los monjes estaban realizando una ceremonia dentro del templo — arrojando ofrendas al fuego mientras tocaban instrumentos tradicionales hechos de caracolas gigantes.
«La atmósfera que se respiraba dentro de ese templo en ese momento es muy difícil de explicar con palabras. Literalmente estábamos en otro mundo.» Una de las participantes le dijo después que había caído en trance frente a las estatuas.
«Esas son las experiencias que Japón te regala cuando te alejás un poco de los circuitos más conocidos. Y esos son los lugares que nosotros en Tours 2 Nara promovemos.»
Claudio tiene tres consejos para sus compatriotas que planean su primera visita:
No anden a las corridas. Japón es inagotable. Siempre van a quedar lugares por ver y cosas por hacer. Acéptenlo desde el principio y viajen despacio. Denle a cada lugar el tiempo que se merece.
No se limiten al circuito clásico. Tokio, Kioto y Osaka son extraordinarias. Pero Nara está a poco más de 30 minutos de Osaka en tren, y la mayoría de la gente la visita solo medio día, sin guía, y se pierde el 80% de lo que tiene para dar. El Monte Yoshino es casi desconocido fuera de Japón. Los lugares que más te marcan son, en general, los que nadie te dijo que visitaras.
Aprendan algunas palabras en japonés. Arigatou gozaimasu. Sumimasen. Los gestos pequeños valen muchísimo en Japón. «La gente acá se va a poner muy contenta con ese esfuerzo.»
Y un último consejo, dicho con la seguridad de alguien que lo vio pasar muchas veces: «No le tengan miedo a Japón. Dos semanas acá les van a cambiar la vida para siempre. Es uno de los países más seguros y fáciles de recorrer del mundo. El único riesgo real es que no van a querer irse.»
Si estás planeando un viaje a Japón y querés conocer Nara más allá de la superficie — las historias humanas, los templos escondidos, la historia que la mayoría de los tours nunca cuentan — Tours 2 Nara ofrece tours guiados en español e inglés con grupos reducidos, guiados por alguien que dejó Argentina por Nara y nunca miró para atrás.
